Kim Hyun Jung, pintora coreana ARTIST Hyunjung KIM

Art & Design | Absolutamente sincera y transparente: Naesoong

Medio Art & Design Categoría Revistas y publicaciones periódicas Publicado el 2015.01.01 Periodista / Programa Texto: Song Ji-hyun Código de referencia MI097

Entrevista con la pintora coreana Kim Hyun Jung publicada en la sección «Guía de estudios: profesionales» del número de noviembre de 2015 de Art & Design. Aborda el origen de la serie «Naesoong», el singular proceso de pintar primero la figura desnuda para superponerle después el hanbok, su comunicación a través de las redes sociales y su proyecto de «dibujo social».

Ver el texto completo

Absolutamente sincera y transparente: Naesoong

La artista Kim Hyun Jung

En los últimos años la cultura coreana se ha popularizado enormemente. La gente parece haber comprobado en carne propia que lo coreano es universal. Llevarse un hanbok en un viaje al extranjero o convertir un cheollik en vestido ya no resulta extraño. Y no es exagerado decir que a la cabeza de ese movimiento está la artista Kim Hyun Jung. Su serie Naesoong (noción coreana que designa el gesto de ocultar los verdaderos sentimientos tras las apariencias) invierte la nobleza y el aire secreto que transmite el hanbok para mostrar escenas cotidianas, sin ceremonia alguna, de mujeres vestidas con esa prenda. Kim Hyun Jung representa primero la figura desnuda y después le superpone el hanbok, de modo que a través de la tela semitransparente se cuela un mensaje atrevido: «se ve perfectamente lo que hay dentro». Licenciada en Pintura Oriental y en Administración de Empresas por la Universidad Nacional de Seúl, y máster en Pintura Oriental por la misma universidad, combina una intensa actividad como conferenciante con numerosas exposiciones individuales dedicadas al tema del «Naesoong»; a fecha de 2015 ha agotado las obras en cada una de ellas, lo que ha generado gran revuelo. Conozcámosla.

P. Nos gustaría saber cómo fue su época de estudiante.

No era distinta de cualquier otra estudiante. En época de exámenes estudiaba y, al terminarlos, mi mayor alegría era ir al cine con mis amigas. También me quedé dormida muchas veces en la sala de estudio. Pero sí era una estudiante que se esforzaba muchísimo. «Dar lo mejor de uno mismo» es el lema de mi familia, y eso me marcó mucho.

P. Nos han contado que aprendió arte de forma natural, siguiendo a su hermana mayor. ¿También empezó con la pintura oriental por eso?

Sí. Tanto el haber empezado con el arte como el haberme dedicado a la pintura oriental se debe en gran medida a la influencia de mi hermana. Y leer el libro 〈Lecciones sobre la belleza coreana〉, del profesor Oh Ju-seok, fue lo que me hizo sentir con mucha más fuerza el atractivo de la pintura oriental. Contenía comentarios muy entretenidos sobre la obra de Kim Hong-do y explicaba la altísima maestría alcanzada por la pintura a la tinta en Corea; todavía recuerdo con nitidez la emoción que sentí al leerlo entonces. La tinta no ensucia ni engrosa la superficie aunque se aplique muchas veces. Al contrario, las capas sucesivas pueden dar una sensación de transparencia y permiten aprovechar el juego de intensidades, de modo que la considero un medio muy seductor. Aquel encanto que descubrí en el bachillerato me sigue atrayendo hasta hoy.

P. ¿Cuándo y dónde encontró la inspiración para la serie Naesoong?

Lo que me llevó a pintar el tema del Naesoong fue una herida. Hay personas que delante de ti sonríen y te dicen cosas amables, y por detrás te juzgan injustamente; otras te miran con expectativas desmedidas y luego se decepcionan. Aquello me hirió, y quise caricaturizar a esas personas cuyo interior no coincide con su apariencia: así nació la serie «Naesoong».

Un día, mientras trabajaba de madrugada, me vi de pronto en el espejo. En el espejo estaba la imagen de las personas a las que yo caricaturizaba, y todas me miraban. En ese momento comprendí que la figura que caricaturizaba en mis cuadros era yo misma. Y entendí que se trata de un fenómeno universal e instintivo, nacido del deseo de ser reconocido por los demás. Desde entonces empecé a pintar autorretratos confesionales, aspirando a un estado de libertad que se aparta de «la mirada ajena» y de «las ideas recibidas».

P. ¿Hay alguna razón especial para que lleve hanbok también en la vida real, y no solo en sus obras?

Se dice que, al vestir el hanbok, cruzar la falda hacia la izquierda es propio de una gisaeng y hacia la derecha, de una joven de buena familia; yo no lo sabía. Para mí el hanbok era solo un motivo que pintar y, cuando me lo ponía alguna vez, preguntaba a los mayores. Pero en una exposición alguien me dijo que lo llevaba como una gisaeng. Lo impactante no fue la palabra gisaeng, sino darme cuenta de que lo vestía sin conocerlo. Desde entonces procuro ponerlo lo más posible también en la vida diaria. Solo así puedo percibir de verdad sus ventajas y sus inconvenientes y expresar más cosas en mi trabajo.

P. Presenta muchas obras de pintura oriental rompedoras y con ingenio. ¿Qué considera importante al trabajar?

En cuanto al contenido, valoro la sinceridad y el ingenio. Siempre me repito que debo hacer un trabajo honesto conmigo misma. Agradezco que alguien encuentre en mis obras una visión profunda de la vida, pero, como intento tratar cualquier tema con humor, me gustaría que al menos en ese instante el espectador se ría por lo bajo. El mundo es bastante duro, ¿no?

P. ¿Y en cuanto a la ejecución?

En el plano formal lo que más me importa es el realismo. En un retrato realista la composición y la postura de la figura son esenciales, así que suelo trabajar con fotografías como material de referencia. Por eso, en muchos casos soy yo misma la modelo. La sesión fotográfica que sirve de base al bosquejo se hace en dos fases. En la primera fotografío para dibujar la silueta del cuerpo; en la segunda adopto la misma postura, pero vestida con hanbok. Es un paso imprescindible, porque visto la silueta como si jugara con una muñeca de papel. Cuando termino las fotografías, empiezo a trazar el dibujo preparatorio sobre el papel base a partir de esas imágenes.

P. ¿Cuál es su objetivo como artista de aquí en adelante?

Contribuir a construir una sociedad en la que cualquiera pueda disfrutar del arte, como ocurre con otras disciplinas artísticas. Para eso creo que hay que saber qué es lo que interesa a la gente, y en ese sentido las redes sociales me parecen un medio muy eficaz.

P. Le hemos oído hablar del «dibujo social». ¿Podría explicarlo con detalle?

Estoy intentando abrir un género que llamo «dibujo social». Es una palabra compuesta de «social» y «dibujo» que yo misma acuñé. Consiste en usar las redes sociales para que el público y la artista debatan juntos sobre una obra e incluso lleguen a completarla. En sentido amplio es una prolongación del arte participativo; en sentido estricto, será la experiencia de que todos posean una misma obra. Tengo muchas expectativas.

P. ¿Qué cree que necesitan los estudiantes para tener una expresión y un lenguaje propios como pintores orientales?

Me gustaría que se dedicaran de lleno a asentar los fundamentos. La expresión propia surge de una base sólida. Hoy la esperanza de vida media es de 83 años; el tiempo que llevamos aprendiendo a pintar no llega ni a diez. Por aburrido y largo que parezca, quiero decir que se puede respirar con más calma. La pintura es un oficio para toda la vida.

P. Un consejo para los estudiantes que sueñan con ser pintores orientales.

Más que un consejo, quiero hablarles como alguien que recorre el mismo camino. Creo que, si se trabaja con un amor sincero por lo que se hace, siempre habrá buenos resultados. Los tiempos difíciles llegan siempre. Pero estoy convencida de que, si en cada uno de esos momentos recordamos la pasión por nuestro sueño y el cariño por nuestro trabajo y los superamos uno a uno, llegará el buen momento.